Crítica de 'Pequeñas mentiras para estar juntos' (2019)



Una canción a la amistad larga y duradera que cuenta con algunos buenos momentos y un reparto lleno de estrellas del cine francés.


Max (François Cluzet) no está pasando por un buen momento y decide volver a su casa del mar con el objetivo de descansar y reflexionar en solitario durante una temporada. Cuando solo han pasado un par de horas, su grupo de amigos, al que no ve desde hace años, se presenta de imprevisto para celebrar su cumpleaños. A partir de ahí, todos se enfrentaran a la nueva realidad respecto a su amistad y la pondrán a prueba aunque suponga tener que decir todas las verdades que nunca se han dicho.

El director Guillaume Canet (Lazos de sangre, Cosas de la edad) vuelve a dirigir y escribir esta secuela de 'Pequeñas mentiras sin importancia' (2010), una de sus películas más personales. Aunque sin grandes pretensiones técnicas, el cineasta francés hace un buen trabajo en la dirección del estelar reparto y el gran número de personajes, siendo consciente de que cada uno debe tener su momento de gloria. Una de sus mejores bazas es su banda sonora salpicada de algunos clásicos de la música popular y, como en su antecesora, el metraje quizás peca de una duración excesiva para este tipo de historia pero a pesar de ello, resulta lo suficientemente amena.


Como en la precuela, François Cluzet (Normandía al desnudo, El collar rojo) y Marion Cotillard (Los fantasmas de Ismael, Cara de ángel) destacan muy por encima del resto del elenco, que raya a alto nivel. Se nota el paso del tiempo en cada uno de ellos y sus personajes no solo en lo físico, sino también en lo psicológico, aportando un plus de realismo a la cinta. Gran parte de la culpa es de Canet, que desde el primer momento dejó claro al reparto que tenían total libertad creativa, algo que siempre es de agradecer.

Es innegable que 'Pequeñas mentiras para estar juntos' está escrita bajo una batuta más sombría que la de su predecesora y, aunque su intención en el espectador es provocar una montaña rusa de emociones, a partir de mitad del film parece en realidad un circuito de motocross. Esto provoca que un buen desarrollo de los personajes quede en segundo plano con el fin de dar prioridad a una sucesión de escenas que conducen de la sonrisa a la lágrima, de forma repetitiva y previsible, ya que después de unas pocas la audiencia ya conoce bien de que va el juego. Sin embargo, la calidad del reparto y el gusto por el cine francés son una buena excusa para acudir a las salas.

Puntuación: 6,5/10


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