Crítica de 'La noche más larga' (2022) - Serie Netflix

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Crítica de 'La noche más larga' (2022) - Serie Netflix

Imagen La noche más larga


Aunque es entretenida, una serie de cuestionables decisiones narrativas provocan que el resultado final no sea satisfactorio.


La noche más larga a la que hace mención el título es la noche del 24 de diciembre: un grupo de hombres armados rodean la prisión Monte Baruca y cortan las comunicaciones con el exterior. Su objetivo: capturar a Simón Lago (Luis Callejo), un peligroso asesino en serie. Si los guardias lo entregan, el asalto acabará en cuestión de minutos. Pero Hugo (Alberto Ammann), el director de la prisión, se niega a obedecer y se prepara para resistir el ataque.

Tras 'La casa de papel' y 'Bajocero', parece que en Netflix España le han cogido el gustito a esto de encerrar a un grupo de personajes en un escenario y exprimirlos hasta su límite. De hecho, me pregunto si con esta nueva serie creada por Víctor Sierra y Xosé Morais (Néboa) están intentando emular la fórmula de su producción más exitosa hasta la fecha. Creo que está más que claro. En esta ocasión, la plataforma cambia la Fábrica por una prisión psiquiátrica cuya dinámica en esta ficción puede recordar, así exagerando a grandes rasgos, al famoso Asilo Arkham de Batman. Es más, podría decirse que esta es una historia carente de cualquier hombre murciélago, pero llena de antagonistas que constantemente difuminan la línea que separa el bien y el mal. Ya si hay buenos o malos es cuestión de cada uno.

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Para más símiles, aquello de «O mueres siendo un héroe o vives lo suficiente para convertirte en un villano» es una frase que a Hugo, nuestro protagonista, la verdad es que le viene como anillo al dedo. Salvando todas las distancias, claro. De hecho, se podría haber planteado un escenario en el que Hugo no entregue a Simón por puros principios, como si fuera ese héroe obcecado de toda la vida. Sin embargo se le da una motivación de demasiado peso, por lo que no le queda otro remedio que aguantar y provocar que por su decisión aparentemente noble mueran más de los que deberían. Es una premisa que resulta algo absurda cuando conocemos el grueso de los factores y jugadores de la serie, pero el guion intenta por todos los medios tapar los huecos de un conjunto de decisiones narrativas bastante dudosas.


Mientras tanto, alrededor de la burbuja en la que habitan Hugo y Simón se empiezan a formar bandos entre asaltantes, guardias y presos, lo que pone a la prisión patas arriba. Todo esto provoca un debate constante acerca de quién está tomando las decisiones más lógicas en un entorno cada vez más hostil y desesperado, además de alimentar la sensación de que aquí hay una conspiración mayor de lo que parece. Por si fuera poco, la ficción aporta cierto trasfondo a los prisioneros pero no a los trabajadores, lo que genera ciertas dudas sobre su verdadera intención. ¿Es otro de esos panfletos que intentan romantizar a los criminales y demonizar a los que solo hacen su trabajo en prisión? Difícil afirmar que los tiros solamente vayan por ahí, pero está claro que la balanza se inclina hacia unos más que otros.

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De todas formas, el guion de 'La noche más larga' está cogido con pinzas. No solo se debe a que la idea general la hemos visto antes y mejor en otras propuestas como 'Río Bravo' o 'Asalto al distrito 13', sino también porque da tantas vueltas a base de giros y torpezas convenientes que resulta frustrante. Y todo hecho con la intención de estirar sus eventos hasta la extenuación. Por no hablar de que explica cosas que no hacían falta explicar y se deja otras más importantes en el tintero, además de que se hace imposible empatizar con cualquiera de los personajes. No importa cuántas relaciones se rompen y se forjan a lo largo de los seis episodios, o si un personaje muere o no. Ni siquiera las respuestas, pues al final su narrativa acaba siendo tan superflua y corriente que simplemente da igual.

Por otro lado, además de contar con un buen reparto encabezado por un inquietante Luis Callejo, buena parte de sus virtudes corren a cargo del director Oscar Pedraza, quien consigue crear una atmósfera a la altura de las circunstancias durante las pocas veces que la serie no está preocupada por ser... digamos que demasiado accesible para el gran público español. Es una oportunidad desaprovechada que al menos entretiene, pero que se queda lejos de ser todo lo que aspira a ser. Es algo que traza cierto paralelismo con una conversación que tiene lugar en el último episodio, como si los guionistas fueran perfectamente conscientes de que el desarrollo no podría haber sido más forzado. Si encima rematas el conjunto con un desenlace tan abierto que resulta incomprensible, sobre todo en estas épocas de cancelaciones fáciles, pues no hay motivos suficientes para estar satisfechos. 

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