Crítica de 'Misa de medianoche' (2021) - Miniserie Netflix

Imagen Misa de medianoche


Una magistral, profunda, melancólica y terrorífica reflexión sobre la fe y la naturaleza humana.


En una pequeña comunidad isleña aislada, las desavenencias existentes se intensifican con el regreso de un joven caído en desgracia (Zach Gilford) y la llegada de un carismático sacerdote (Hamish Linklater). La aparición del padre Paul en la isla coincide con unos acontecimientos inexplicables y aparentemente milagrosos que avivan la devoción religiosa de los lugareños. Pero ¿acaso hay que pagar un precio por esos milagros?

El gran Mike Flanagan (La maldición de Bly Manor) vuelve a Netflix con un proyecto que ha tardado una década en completarse y que incluso ha sido referenciado en obras anteriores del cineasta. La serie se desarrolla en Crockett Island, una ínfima isla en estado de agonizante abandono e inevitable descomposición en donde la religión desempeña un papel fundamental. A pesar de esto, son muchos los habitantes que han perdido la fe ante el éxodo de sus vecinos y la falta de oportunidades. Por ello, entre estos infinitos muros de agua, solo queda la esperanza de que algún milagro provoque la resurrección de la comunidad. Es así como se sientan las bases de este terrorífico, emocionante y revelador viaje de redención y exploración de la naturaleza humana. Eso sí, no esperes encontrarte con una propuesta de terror directa y llena de sustos, porque puede que te resulte decepcionante y muy difícil de digerir.

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El catalizador principal de esta odisea es la llegada a la isla de Riley Flynn (Zach Gilford), un traumatizado exconvicto que regresa su hogar; y del Padre Paul (Hamish Linklater), que llega para sustituir al desaparecido Monseñor de la iglesia isleña. Si Gilford destaca como nunca antes en sus anteriores trabajos, Linklater por su parte nos regala la mejor y más intensa interpretación de su carrera. No obstante, esta es una serie coral llena de remarcables interpretaciones y personajes de magnifica construcción y desarrollo. De esta forma, también nos encontramos con personas tan complejas e interesantes como Erin (Kate Siegel), que comparte un pasado con Riley; el Sheriff Hasan (Rahul Kohli), un policía musulmán en un pueblo cristiano; o la temible Bev Keane (Samantha Sloyan), una férrea defensora de las costumbres religiosas en la piel de una Sloyan desatada.

Gracias a las numerosas misas en las que resuenan los pasionales y kilométricos monólogos de Paul, poco a poco los habitantes empiezan a llenar la iglesia. Es entonces cuando lo peor de la religión comienza a manifestarse hasta alcanzar su punto álgido, provocando que al igual que la propia serie, los eventos de la isla evolucionen de formas inesperadas, estremecedoras y cautivadoras. También adolece de algún que otro problema, y aunque es cierto que tiene potencial para atragantar a más de uno, no me refiero a la vasta densidad de la miniserie en sí. El maquillaje es uno de ellos, porque provoca que algunos giros de guion se antojen muy previsibles. A su vez, el episodio final es una sangrienta locura que recompensa tanto como desconcierta. Dicho esto, pido disculpas si estoy realizando un análisis demasiado superficial, pues la verdad es que es imposible profundizar en todo lo que la ficción nos ofrece, cambia, aporta o renueva en el género sin destripar gran parte de la misma


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Al igual que ocurría en Bly Manor, al principio Flanagan juega con nuestras expectativas, ya que es perfectamente consciente de lo que el gran público entiende hoy en día como terror. Primero, el director nos pone en tensión utilizando la oscuridad a su favor para luego engañarnos con algún sustito, siempre ayudado por el estridente efecto de sonido de turno. Cuando ya nos tiene en sus manos, la propuesta da un giro de 180 grados y casi de forma inconsciente nos vemos atrapados en una apabullante, profunda, melancólica e inquietante reflexión sobre temas como la religión, la vida, la muerte, la adicción y todo tipo de traumas del pasado que continúan vivos por culpa de la sociedad del presente. Un guion magistral, abundante en diálogos y monólogos, que se cocina a fuego lento como si de la más solemne e hipnotizante producción nórdica se tratase. Además, se complementa con una ambientación y fotografía espectaculares, así como con unos personajes llenos de matices.

Si bien juega con distintos subgéneros como el sobrenatural y el psicológico, el cineasta hace especial hincapié en esa interminable batalla interna del ser humano que llamamos 'fe'. Una palabra que a lo largo de nuestra existencia ha dado pie a milagros y buenas obras, pero también a todo tipo de horrores relacionados con el fanatismo. Y es que este intolerante fervor ha sido capaz de asentarse y dominar la sociedad con mano dura durante siglos. De esta forma, a base de paralelismos e innumerables referencias, Flanagan disecciona La Biblia y nos enseña que esta además puede ser una gran historia de terror terrenal y tangible. Es por ello que 'Misa de medianoche', con total respeto hacia todas las creencias, tiene la capacidad de aterrorizar, romper corazones y sanarlos. Porque aunque no tengamos fe en lo divino, tampoco deberíamos de temer a nada si solo la tenemos en nosotros mismos. Ojalá Netflix estrenara menos contenido, pero de tantísima calidad como este.

Puntuación: 9/10

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