Crítica de 'La pasión de Juana de Arco' (1928)

© Todas las imágenes son cortesía de The Criterion Collection


Una intensa sucesión de primeros planos y una histórica actuación de Maria Falconetti se unen en esta obra maestra silente de Dreyer.


Durante la Guerra de los Cien Años, la joven Juana de Arco (Maria Falconetti) recibió la llamada de Dios para liderar a las tropas francesas en la victoria ante el ejercito inglés. En 1931 fue acusada de brujería y relegada a la custodia del obispo Pierre Cauchon de Beauvais (Eugene Silvain), que dirigió un juicio contra ella en el que fue maltratada y humillada para finalmente ser condenada a morir en la hoguera.

El cineasta danés Carl Theodor Dreyer (Ordet, Gertrud), en su profundo amor a la religión, crea una película emotiva y psicológicamente arrolladora. Una cinta que carece de encuadres excesivamente complicados y rebuscados o de movimientos de cámara imposibles. Aquí, la importancia está en el intérprete y en la emoción que expresa su personaje en determinado momento. Para demostrar el impacto que tienen los primeros planos en la percepción del espectador, Dreyer y el director de fotografía polaco Rudolph Maté (Sahara, Las modelos) hacen un uso magistral de los mismos, utilizándolos durante la mayoría del metraje y provocando un contagio emocional en el público.

© Todas las imágenes son cortesía de The Criterion Collection

La película nos introduce de lleno en el juicio y el sufrimiento de Juana sin contarnos nada sobre su vida y casi sin situarnos en contexto, porque no es lo Dreyer busca. Su intención es conceder el peso de la trama a su protagonista y que esta guíe al espectador hacia su final. La interpretación de la actriz teatral francesa Maria Falconetti es, hasta el momento, las más intensa y rica en emociones que jamás se ha visto, además de que, en lo estrictamente personal, la considero como la mejor de todos los tiempos. De hecho, como suele decirse, es prácticamente imposible conocer la historia del cine sin reconocer el rostro de Falconetti.

Lo que 'La pasión de Juana de Arco' significó para Dreyer en el cine silente es equivalente a lo que representó 'Ordet (La palabra)' (1955) en el sonoro -con el permiso de 'Dies Irae' (1943)-, que lo confirmó como un director lleno de talento y muy a tener en cuenta en el panorama mundial del séptimo arte, mientras que con sus obras maestras sonoras terminó proclamándose como uno de los mejores cineastas de la historia. La cinta, desde su lanzamiento, ha sido materia de estudio obligatoria para todo aspirante a cualquier puesto en un plató de rodaje, pues en cualquiera de sus facetas roza la perfección, regalando un magistral ejemplo de dirección, fotografía, guion e interpretación. Una película que todo cinéfilo debe visionar, apreciar y analizar detalladamente.

Puntuación: 10/10


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